Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de octubre de 2013

Lectores Noctábulos Parte 19. Ante la ley, de Franz Kafka

Retomamos nuestra sección de Lectores Noctámbulos donde publicamos los mejores cuentos de la historia de la literatura. En esta ocasión un relato corto de Franz Kafka: "Ante la ley".

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
—Tal vez —dice el centinela— pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
—Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene mas esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
—Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para si. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
—¿Qué quieres saber ahora?-pregunta el guardián-. Eres insaciable.
—Todos se esfuerzan por llegar a la Ley —dice el hombre—; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
—Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para tí. Ahora voy a cerrarla.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Letras Salvajes en Puerto Rico.

AGUADILLA, PUERTO RICO.-Ya está circulando el número 12 de la revista Letras Salvajes: Revista de Literatura, Arte y Pensamiento de Alta Velocidad, correspondiente a los meses de septiembre-octubre de 2013.

Éste es un número temático dedicado al tema Queer, donde se explora las diversas construcciones socioculturales de la identidad sexual en la literatura, el arte y la teoría crítica. Con este número, la revista busca reconocer aquellos discursos creativos y reflexivos sobre el debate identitario de género y orientación sexual que profundizan y amplían el horizonte de expectativas del saber actual.

En este número colaboran: Guillermo Zayas Martínez [Puerto Rico, arte], Alejandro Margulis [Argentina, narrativa], Ivette Rivera Morales [Puerto Rico, poesía], Fernando Lanuza [México, ensayo], Manuel Tzoc [Guatemala, poesía y narrativa], Claude Cahun [Francia, fotografía], Susana Rozas [Argentina, ensayo], Teddy Alexis Rodríguez [Puerto Rico/Estados Unidos, teatro], Ángeles Charlyne [Argentina, narrativa], Melanie Ortiz Reyes [Puerto Rico, narrativa], Manuela Torres García [España, arte], Nancy Byrd [Puerto Rico/Estados Unidos, ensayo], Ramón Martí Díaz [Puerto Rico, narrativa], Francisco Nájera [Guatemala/Estados Unidos, poesía y ensayo], Camilo Torres [Puerto Rico, ensayo y fotografía], George Platt Lynes [Estados Unidos, fotografía], Lechedevirgen Trimegisto [México, ensayo y foto-performance], Edgardo Nieves Mieles [Puerto Rico, poesía], Patricia Schaefer Roder [Venezuela/Puerto Rico, narrativa], Daniel Torres [Puerto Rico/Estados Unidos, ensayo y reseña], Royerliz García [Venezuela, ensayo], Lynnette Mabel Pérez [Puerto Rico, narrativa], Eduardo Espósito [Argentina, poesía], Myrna Yamil González [Puerto Rico, reseña], Dionisio Cañas [España, poesía], Alejandro Melero [España, narrativa] y H. Roberto Llanos [Puerto Rico, narrativa].

Este número está disponible mediante subscripción de correo electrónico, escribiendo a revistaletrassalvajes@gmail.com. También se puede acceder a este número de la revista a través del siguiente enlace:
http://en.calameo.com/read/000235034ddf49ffeecf5. La página de Facebook de Letras Salvajes es www.facebook.com/revista letrassalvajes. La cuenta de Twitter de la revista es la siguiente: http://twitter.com/letrassalvajes.
Letras Salvajes: “Donde la creatividad y la mente desarman las fronteras.”

lunes, 23 de septiembre de 2013

Lectores Noctámbulos Parte 18. Septiembre, de Pilar Galán

En esta ocasión de Lectores Noctámbulos y debido a la fecha, elegimos el cuento de Pilar Galán, "Septiembre". El relato fue Finalista XIII Premio A. Mª. Matute, 2002.

SEPTIEMBRE

Pilar Galán

(…) Porque no se puede ser feliz en este tiempo muerto y lentísimo,

el indeseable paréntesis entre una vida que ya es mentira

y otra que no acaba de ser verdad del todo.

Ningún destino es tan ingrato

como el de las personas condenadas a vivir

eternamente en septiembre.

(A. Grandes)
 

La casa está fría. Hay nubes deshilachadas, borrones grises, flecos azules a través de la persiana. La luz se cuela aún como polen de oro, cada vez con menos fuerza, como si presintiera ya el otoño.

La siesta no nos ha hecho bien. Luis se ha levantado con el ceño fruncido, con ese gesto tan suyo de estar enfadado con todos. Ana no quiere tomarse la leche. Lloriquea aún desde la cocina, quiere empezar a andar sobre el suelo frío. Anoche tosió un par de veces, a tientas en la madrugada aparecieron por fin los edredones.

La piscina se ha puesto verde. Flotan bolsas de plástico, alguna silla, el césped se adueña ahora de todos los rincones. Luis pregunta por las ranas. Una y otra vez, cientos de veces, tironea de mi falda hasta que atrae mi atención. Las ranas, cuándo vuelven las ranas, están ya las ranas en el agua sucia, en esa agua tan sucia ya que no ve ni el fondo, podemos bajar a ver las ranas, mamá por favor. Ana llora.

Las pastillas dejan la lengua resacosa y dura. Los ojos pesan, pesa la tarde entera cada vez más cerca de la noche. Aún hay que lavarse la cara, tomarse un café, coger el coche, comprar los libros.

Milagrosamente, a las seis en punto estamos ya abajo. La portera nos mira como a recién nacidos, con esa ternura tan dulce de las mujeres mayores. Los ha abrigado usted mucho, me dice. Luego engaña el tiempo, veranillo de San Miguel, veranillo de los membrillos. No tengo fuerzas para hablar del tiempo. Recojo el correo. Tampoco hoy ha escrito. No sirven de nada los conjuros mágicos ni retrasar el momento hasta la tarde. El hueco del buzón saluda desde las once de la mañana.

Hay tráfico ya. Luis pregunta cuánto tiempo tardaremos en llegar al híper. Ana le imita. Luis le pega un manotazo en la boca. Desde el espejo retrovisor se ven las cosas como en un cine, como si no estuvieran pasando.

Pongo la radio. Suena por enésima vez la canción del verano. Atrás los dos se desgañitan. Acabarán pegándose otra vez, cuando se acabe. Por suerte, luego viene la segunda canción del verano, y luego la tercera. Sus voces me llegan desde otro mundo.

Intento mantener la concentración. Como en la autoescuela. Solo mirar al frente y a los espejos. No desviar la mirada ni un segundo. Si una avispa entra en el coche, bajar la ventanilla con cuidado, sin dar manotazos. Si nos pica, señalizar la maniobra y apartar el coche hasta el arcén.

Doy un manotazo a Luis. Cambio la cinta, me peino, en el semáforo en rojo me pinto un poco la raya. Me pita el de atrás. Ahora se me cala, verás tú cómo se me cala. Menos mal que me he puesto las zapatillas de deporte. Rebobino la cinta, subo el volumen, le paso a Ana el muñequito rosa. Me incorporo por fin a la autovía. Me pongo el cinturón de seguridad. Estoy suspensa, es lo primero que tendría que haber hecho. Bajo el seguro del coche. Estoy a punto de estrellarme con un camión. Ha empezado a llover.

Toda la ciudad ha decidido salir a comprar los libros esta tarde. Seguro. Podríamos haber ido en autobús. Me lo dijo mamá. Hija, no te arriesgues tanto, que vas con esas dos criaturas.

—Tres criaturas, mamá, eso es lo que somos. Una madre asustada y dos hijos llorones.

Mamá no sabe aparcar, dice Luis, con su voz de hombre. Le miro con odio por el retrovisor. No sabe aparcar, no sabe aparcar, canta. Ana ha empezado a seguir la melodía. Podría echarme a llorar ahora mismo, dejar el coche en mitad de la explanada, con las puertas abiertas y mis hijos dentro, y correr bajo la lluvia, como cuando era niña, exactamente igual, sentir las gotas resbalando por mi pelo, saborearlas, pisar charcos, volver a casa con las piernas empapadas, sabiendo que me espera un vaso de leche caliente y dos azotes.

En vez de eso, cuento hasta diez y sigo dando vueltas sin sentido. Aparco por fin en la otra punta de la puerta de entrada. Me miro en el espejo orgullosa de mi hazaña. Estoy horrible. Parece que me he echado encima veinte años.

Lo primero que me levanta dolor de cabeza es el ruido de la gente. Todos en procesión en busca de los libros. Luego, la música de las narices. Julio Iglesias a todo volumen. Ana arrastra los pies.

Hay una cola enorme para recoger los libros. Jugamos a contar niños, jugamos a adivinar colores, jugamos al veo-veo. Luis dice que se aburre. Que quiere ir a ver juguetes. Por megafonía anuncian que regalan el forro para los libros de texto. También hay ofertas de pescado. Ana dice que tiene hambre. Me deseo la muerte. Me llevo deseando la muerte desde las seis de la tarde.

A las ocho y media tengo todos los libros en la mano. Conocimiento del medio, Matemáticas, mi primer diccionario. Luis los abre sin cuidado alguno, pasa las páginas con sus dedos negros de arrastrarse por el suelo. Intento reñirle, pero no quiero gastar fuerzas innecesarias. Total, van a acabar despanzurrados por su cartera dentro de una semana.

Compro leche condensada, galletas, pepinillos, cerveza, una botella de vino blanco, pizzas variadas, patés. Los niños están emocionados con la cena. Yo también. Pienso ponerme a morir de pepinillos en cuanto se acuesten.

Sigue lloviendo. Ahora hace frío y la noche se extiende por encima de las luces de neón de las ofertas. Saco el coche sin rozar la pared. Luis aplaude. Riño a Ana para que no se duerma, por favor, bonita, que tengo que bañarte, que tienes que cenar, que si no, te dan las dos y mamá trabaja mañana. Le canto, pongo música, digo a mi hijo que le pegue de vez en cuando un manotazo. Lo hace encantado.

Llego a casa cargada de bolsas. Huele a naftalina, a septiembre, a forro de libro nuevo. Tengo que contenerme para no llorar. No hay luz cuando entramos. El salón está más vacío que nunca. Las plantas hacen sombras raras en los rincones.

Pongo los dibujos, baño a la niña, más dibujos, Luis hace el idiota en la bañera. Se llenan los pijamas de queso fundido, de salchichas con tomate. Ana unta en sueños su dedo en leche condensada. Protestan un poco aún. Luego caen rendidos.

A las once en punto, en mitad de mi atracón de pepinillos, suena el teléfono. Miguel quiere saber cómo están sus hijos. Hablamos despacio, muy educados. Me pregunta también por el coche, si he vuelto a rozarlo, si soy ya capaz de meterlo en el garaje. Cuento hasta veinte antes de contestar. Oigo su respiración al otro lado.

Dice que puede encargarse él de lo de los libros. Le digo que no lo dudo, pero que da la casualidad de que ya los hemos comprado. Parece fascinarle que haya sido tan aventurera como para adentrarme en el territorio prohibido del híper.

Le pregunto por el trabajo. Dice que trabaja mucho. Como siempre, se me escapa. Sé que me ha oído y que cuenta a su vez para no estallar. Se le escapa a él también preguntarme por todo en general, qué tal van tus cosas, murmura. Mientras intento contestar oigo la tos de Ana desde el pasillo. Bien, como siempre, también, ya sabes. Y me muerdo la lengua porque sé que sabe, porque me está viendo sola en su casa de antes, un poco borracha de cerveza y vino blanco, un poco asqueada de tanto pepinillo, y le gustaría decirme con su voz de hombre, al otro lado, puedo ir a ver a los niños esta noche, aunque sepa muy bien qué hora es, siempre lo ha sabido, que a las once los niños duermen hace mucho, y no esperan a que el señor importante vuelva del trabajo para contar cuentos.

Sé que está esperando una señal, que me derrumbe, que le diga con voz pastosa que no puedo más, que se me caló el coche en el semáforo, que olvidé comprar el libro de ciencias, que estoy ya llorando a moco tendido delante del forro maldito que no se deja cortar, y me estoy llenando los dedos de plástico transparente, y me aburre enormemente hojear tanto contenido para aprender a hacer los deberes, partes de la tierra, funciones del lenguaje, diferencias entre climas…

Pero cuento hasta diez y le digo que van bien las cosas, todo lo bien que pueden ir, que se cuide, que ahora tiene que empezar a hacer frío y septiembre es un mes muy traicionero. Y le imagino en su cocina blanca, impoluta, encendiendo un cigarro más antes de colgarse al teléfono con su madre o con su jefe, o con quien sea, mientras la cocina sigue limpia y no hay ninguna imbécil que le haga la cena. Le digo también lo del veranillo de San Miguel y lo de los membrillos. Y cuelgo, acto seguido, porque ya las lágrimas se acumulan en los ojos, y hay un temblor absurdo en la garganta, y me arde el estómago con los pepinillos, y me duele la cabeza con el vino, y Ana tose cada vez más.

Y lloro, a lágrima viva, tirada en el sofá, como una niña. Porque es septiembre, porque huele a libro y forro nuevo, a patio de colegio, leche condensada y comidas de madre. Porque no hay nadie que me explique por qué no escribe, por qué se empeña en hacerse el fuerte y el distante.

Me tomo dos pastillas. No hay que mezclarlas con alcohol, dice la voz protectora de mi madre. Me da igual, mamá. Tampoco estás aquí para pasarme la mano por el pelo, para llamarme bonita y explicarme qué salió mal después de todo, si me casé con el hombre que yo amaba, si tuve dos hijos preciosos y un trabajo, un piso, el carné de conducir sin coger el coche, si era la envidia de todas mis amigas, si todos le adoraban. A ver por qué, hija, tuviste que conocer a ese otro, estar a punto de perder tus hijos, cariño, con lo querían a su padre, una vida estable, toda la vida por delante.

Se me va la cabeza. Hablo sola. No tengo ganas de contestarte, mamá, de verdad que no, otra noche más no. Ya hemos hablado bastante. No me vuelvas a decir que hay que aguantar, que todos los hombres son iguales. No entiendes nada. Quiero estar sola. Quiero vivir sola.

Ana tose más fuerte. Me duele todo. El suelo está frío bajo mis pies descalzos.

Avanzo a tientas por el pasillo. No quiero ver en ningún sitio el reflejo de la ausencia.

Me tumbo al lado de mi hija, al lado de su cuerpo caliente de vainilla y chocolate. La abrazo fuerte, le doy besitos, le digo bajo que ya estoy aquí para cuidarla, porque soy mamá, y tú eres pequeña, y ahora puedo cuidarte, luego no.

Ya estoy llorando otra vez, como una idiota. Por cuidar, por no ser cuidada, por las noches y las tardes como hoy, por el miedo que me da conducir, porque quiero vivir sola, porque también quiero vivir con él.

Y, mientras acaricio a Ana, muy despacio, imagino que también a mí me tocan, me pasan la mano por el pelo, me dan besos, me abrazan. Que alguien, quien sea, me dice que es normal estar asustada, el otoño y todo eso, qué valiente has sido con el coche, no te agobies si no escribe, nada importa, solo tú y tus hijos.

Al compás de esa voz me voy quedando dormida, poco a poco. Mañana habrá carta en el buzón, seguro, y dejará de llover, y no habrá tráfico. Anita se pondrá bien y Luis no pegará a nadie en el colegio. Ya verás cómo sí.

Sin embargo, justo antes de perder del todo la consciencia, en mitad del silencio de la casa, siento el frío de septiembre, el aire de la noche que arrastra la luz y el polen de oro.

Y me duermo, por fin, sabiendo definitivamente que mañana no va a ser otro día.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Lectores Noctámbulos Parte 16. El recado, de Elena Poniatowska

Seguimos trabajando para mejorar nuestra sección de Lectores Noctámbulos. Los textos que publicamos son los más importantes de la literatura de habla hispana y los brindamos como herramientas para mejorar el estilo de escritura. En esta ocasión, compartimos "El recado" de la escritora mexicana Elena Poniatowska.
EL RECADO
Elena Poniatowska
Vine, Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arranzan las ramas más accesibles… En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos… Todo tu jardín es sólido, es como tú, tiene una reciedumbre que inspira confianza. 
Aquí estoy contra el muro de tu casa, así como estoy a veces contra el muro de tu espalda. El sol da también contra el vidrio de tus ventanas y poco a poco se debilita porque ya es tarde. El cielo enrojecido ha calentado tu madreselva y su olor se vuelve aún más penetrante. Es el atardecer. El día va a decaer. Tu vecina pasa. No sé si me habrá visto. Va a regar su pedazo de jardín. Recuerdo que ella te trae una sopa cuando estás enfermo y que su hija te pone inyecciones… Pienso en ti muy despacio, como si te dibujara dentro de mí y quedaras allí grabado. Quisiera tener la certeza de que te voy a ver mañana y pasado mañana y siempre en una cadena ininterrumpida de días; que podré mirarte lentamente aunque ya me sé cada rinconcito de tu rostro; que nada entre nosotros ha sido provisional o un accidente.
Estoy inclinada ante una hoja de papel y te escribo todo esto y pienso que ahora, en alguna cuadra donde camines apresurado, decidido como sueles hacerlo, en alguna de esas calles por donde te imagino siempre: Donceles y Cinco de Febrero o Venustiano Carranza, en alguna de esas banquetas grises y monocordes rotas sólo por el remolino de gente que va a tomar el camión, has de saber dentro de tí que te espero. Vine nada más a decirte que te quiero y como no estás te lo escribo. Ya casi no puedo escribir porque ya se fue el sol y no sé bien a bien lo que te pongo. Afuera pasan más niños, corriendo. Y una señora con una olla advierte irritada: “No me sacudas la mano porque voy a tirar la leche…” Y dejo este lápiz, Martín, y dejo la hoja rayada y dejo que mis brazos cuelguen inútilmente a lo largo de mi cuerpo y te espero. Pienso que te hubiera querido abrazar. A veces quisiera ser más vieja porque la juventud lleva en sí, la imperiosa, la implacable necesidad de relacionarlo todo con el amor.
Ladra un perro; ladra agresivamente. Creo que es hora de irme. Dentro de poco vendrá la vecina a prender la luz de tu casa; ella tiene llave y encenderá el foco de la recámara que da hacia afuera porque en esta colonia asaltan mucho, roban mucho. A los pobres les roban mucho; los pobres se roban entre sí… Sabes, desde mi infancia me he sentado así a esperar, siempre fui dócil, porque te esperaba. Sé que todas las mujeres aguardan. Aguardan la vida futura, todas esas imágenes forjadas en la soledad, todo ese bosque que camina hacia ellas; toda esa inmensa promesa que es el hombre; una granada que de pronto se abre y muestra sus granos rojos, lustrosos; una granada como una boca pulposa de mil gajos. Más tarde esas horas vividas en la imaginación, hechas horas reales, tendrán que cobrar peso y tamaño y crudeza. Todos estamos -oh mi amor- tan llenos de retratos interiores, tan llenos de paisajes no vividos.

Ha caído la noche y ya casi no veo lo que estoy borroneando en la hoja rayada. Ya no percibo las letras. Allí donde no le entiendas en los espacios blancos, en los huecos, pon: “Te quiero…”. No sé si voy a echar esta hoja debajo de la puerta, no sé. Me has dado un tal respeto de ti mismo… Quizá ahora que me vaya, sólo pase a pedirle a la vecina que te dé el recado: que te diga que vine.

Antes de la cirugía, de Fredy Ramón Pacheco


Compartimos este cuento del reconocido artista plástico y escritor venezolano, Fredy Ramón Pacheco y agradecemos su colaboración permanente con la Revista Antípoda. Entendemos que su participación como escritor y corresponsal nos ayuda en el trabajo diario y además sus reconocimientos nos sirven para poder difundir a otros artistas incipientes en el resto de América Latina.

ANTES DE LA CIRUGÍA

Era una mujer hermosa, de esas rubricadas por el mundano cliché: “llena de vida y lo tiene todo por delante”. Frases compactas que traducían la observación primitiva, de toda especie viva: Comestible. “Todo por delante” era por supuesto referido al futuro merecido y “llena” era sujeto apto para el placentero fin del deleite sexual.

La víspera de ser operada, ella misma se consoló afirmando “Todo va a salir bien”. Esas frases en su lacónica expresión y definitivo conformismo me hicieron pensar y recrear la yuxtaposición de dos actos consensuados que podrían tener dos desenlaces posibles: Que el bisturí del doctorado carnicero la abriera, y que todos los órganos que le sacaran, saldrían “bien”. Pensé que el galeno de la familia, el doctor Torcuato Céspedes, hombre recto, imponderable, acucioso en todas sus intervenciones; enamorado de Olivia Stereo desde que cumplió (ella) los quince años, y la llevaron a su consultorio para tratarle un desarreglo hormonal, eminentemente ginecológico (Entonces Torcuato tenía veinticinco y uno salido de la escuela de medicina); y le hizo entonces el tacto más angustioso y escalofriante que jamás había hecho a una mujer; puesto que Torcuato, tartamudo congénito, feo y cegato, desarrolló un síndrome excepcional de timidez y jamás acarició a una mujer como esa tarde que rozó las manos de Olivita. El sentido del tacto para Torcuato tuvo una dimensión Divina a partir de ese instante en que le mostró sus partes buenas a la hermosa Olivia, en aquellos tiempos con más llenura de vida y mucho más futuro por delante.

Hoy, con una veintena de años menos de llenura y porvenir, Olivia yacía en la cama de operaciones, esperando que la anestesia hiciera su efecto sedante, mientras Torcuato Céspedes, bisturí en mano apuntaba a su corazón (de ella). Olivia sin dormirse aún atisbaba una sonrisa perversa de Torcuato dentro de la mascarilla, que hacía juego con los ojillos siniestros detrás de los culo `e botella ensartados en las grandes orejas que se escapaban de su desproporcionada cabeza. Torcuato se impacientaba y la mano empuñando el bisturí comenzaba a dar signos de temblor. Olivia advertía un final terrible y que ella no estaría conciente a la hora de ese desenlace, así que optó por bajar los párpados y adoptar una actitud relajada que simulara un sueño profundo. Torcuato, apenas con la señal de los párpados clavó el bisturí en el centro del corazón de Olivia, hizo un corte longitudinal hasta el bajo vientre y dos cortes transversales a los extremos de la primera línea. Unas cincuenta pinzas acudieron a sostener la piel desgarrada y casi una tonelada de algodón absorbió toda la sangre contenida en el cuerpo de la víctima. Ya seca Olivia, entreabrió los ojos para ver entre el follaje de sus largas pestañas, las travesuras de Torcuato; la voracidad infantil con que sacaba el corazón, esófago, estómago, páncreas, y los iba poniendo atrás en una mesita, emocionado como si hubiese descubierto un tesoro de chatarras de oro. Cada vez que sacaba una pieza, la movía cerca del oído como sonajera, la miraba alrededor, la besaba con ternura y murmuraba: esta salió bien. La mesita ya atiborrada de “todo lo que salía bien”, parecía a las pirámides que armaba Torcuato niño con sus legos. Los riñones eran grandes rocas a la entrada del castillo; el hígado y esófago una alfombra roja hasta la puerta, el vaso una hermosa fuente a un costado, en medio del jardín de rosas rojas y violetas rodeadas de un majestuoso follaje verdoso, ocre y amarillento. El estómago lo colocó en el patio interior como alberca al lado del corazón, según Torcuato en su imaginería mágica, para que allí jugaran los niños que tendrían cuando se casara con Olivia.

Las lámparas y el plafón comenzaron a vibrar de pronto y Torcuato advirtió que el piso comenzaba a moverse. Un temblor desde las tinieblas de las placas tectónicas anunciaba el derrumbe inevitable de su castillo. Las luces se apagaron y después de los gritos de impotencia del personal y el sobresaltado despertar a la realidad de Olivia, se escuchó un alentador comentario de Torcuato: “Todo salió bien…*

Olivia despertaba de la anestesia, con el susto en su expresión, tocando todas sus partes buenas, aún llenas; por delante el futuro estaba intacto, y su corazón comenzaba su concierto de Sístolediástoles en Re menor.


http://www.artepoetica.net/Freddy_Ramon.htm
http://www.palimpalem.com/8/grandespoetas/index.html?body98.html
http://www.antologiadegrandespoetas.com/index.html
http://www.artepoetica.net/Freddy_Ramon.pdf
http://www.simon-bolivar.org/Principal/bolivar/invoco_tu.html
http://freddyramonpacheco.artelista.com/
http://poetasdelmundo.com/america.php?id=108
http://poetasdelmundo.com/detalle-poetas.php?id=4327


viernes, 13 de septiembre de 2013

Estudiantes inconvenientes, de Ángela Cáceres

Publicamos este cuento de la escritora Uruguaya Ángela Cáceres que entre sus méritos destacados, fue  premiada por un jurado donde estaban Bioy Casares y Silvina Ocampo. Este  texto lo escribió estando radicada en Argentina. Agradecemos su participación en la Revista 

ESTUDIANTES INCONVENIENTES

Criaturas del amanecer, flotaban en el horizonte vestidos por el sol que crecía y parecían estar bien allí, con cierta bienaventuranza, como si no existiera la posibilidad ni el mandato de elevarse, o perderse en las incandescencias del mediodía , o hundirse, hechizados, en las oscuridades disimuladas del atardecer.

Era un don, una exquisita gracia poder mirarlos. Apreciarlos, saborear su inconsciente belleza sin envidia. Porque él hacía un tiempo que sólo podía cabalgar en los fulgores del poniente.

" Es bueno así, la certeza de que la vida sigue. No porque me lo hayan dicho sino porque puedo verlo. Quizá, algún día, vuelva yo también, gozozo por la levedad, sin recordar nada" , se decía. Nada le encantaba más que la levedad desde que su cuerpo había comenzado a encogerse y volverse pesado. Sus coyunturas solían quejarse, la línea vertebral protestaba y todos sus músculos languidecían de nostalgia por sus tiempos de saltos y velocidades. "Nadie prometió que no vendrían los cambios ni el cansancio. Ahora el dormir es más breve aunque las noches más largas. Ahora el sueño no me repara tanto...pero, si no me lamento delante de los espejos...hasta me parece bien. Mientras quede un tanto de luz...quiero mantenerme alerta ". Sin embargo, el espíritu del sueño lo tomó por más tiempo esa noche y lo arrastró hasta la vieja casa de sus padres, casa inexistente ya, y lo dejó caer en la maleza que había asfixiado los parterres florecidos, el anciano sauce y el sendero bordeado de álamos todavía pequeños. Tal como lo viera por última vez, con los ojos plenos de lágrimas. En esa casa había sido estudiante, maldito, complicado. Su padre lo maldecía por salvaje, por preferir las ramas a los sillones, la hierba a la cama, por no sufrir vértigo bajo las estrellas, por explorar las inmensidades frontalmente, por amar al gato montés que se había posesionado del jardín y por parecerse a él. Y en nada a su padre, que maldecía en voz muy alta para que el hijo escuchara y se tragara sus maldiciones. Pero el hijo no las temía ni las tragaba, las ignoraba por santa ignorancia, de manera que cada día se volvía más salvaje, en tanto su padre paladeaba y se bebía su propio veneno.

La madre, casi inexistente, amaba distraídamente al hijo, con unción de mariposa, sin sentir al montés como su rival porque ni se daba cuenta de su presencia. Para ella el jardín no era más que un conflicto entre malas hierbas, malezas incipientes y flores comedidas. Solía deslizarse por los senderos enarenados bajo un sombrero inmenso y regadera en mano, la podadera en el bolsillo del delantal. Y su otro reino era la cocina. Allí desplegaba atención y con la mágica ayuda de sus especias y hierbas aromáticas, expresaba su amor desprovisto de palabras, honrando con delicias los sentidos del esposo y del hijo. Su voz era un misterio.

Pero llegó el tiempo de ser un estudiante como todos, sujeto a programas tan alejados de sus intereses como las estrellas. Jugó, entonces, a estudiar de otra manera, sin someterse. Los compañeros lo encontraban aburrido algunos, otros enigmático. Las muchachas lo espiaban por bello y distante. Los líderes, que no lograban entusiasmarlo con nada, lo tenían por opaco y reservado. Pero los profesores lo distinguían aunque hubieran deseado atraparlo en alguna torpeza. Demostraciones, manipulaciones, escritos eran inobjetables y brillantes. Pero más allá de la tarea en la clase, el chico se mantenía salvaje y silencioso. Alejado, imperturbable como lago de montaña y guardando su voz como la madre.

Un día algo comenzó a cambiar. Pudieron ser las maldiciones del padre, o alguno de los juegos del destino. Aunque su historia era todavía breve y sus emociones sanas...algo generó, quizá, su cierto orgullo. El inaccesible, el imperturbable fue entrando en un estado de azoramiento casi perenne que lo crispaba aún más al intentar hacer una exposición en clase. La primera conmoción la tuvo al echar de menos una de sus lapiceras, la preferida, y el cuaderno de apuntes. Seguro de que los llevaba consigo al dejar su casa y sintiéndose muy apenado por ambos, perdió pie. Mientras los profesores de turno disertaban, la atención se le escapaba y detrás las manos, revolviendo los bolsillos del pantalón, de la campera, mirando bajo su pupitre o dando vuelta la mochila una y otra vez. Así disparado no escuchaba a ningún profesor que intentara interrogarlo, quedando silencioso, la cabeza baja, absolutamente lejos de la clase. Y lo malo fue que, al volver a casa más temprano, al buscar la llave en el bolsillo sacó la lapicera, y en la mochila que creía vacía, al fondo, yacía su cuaderno de apuntes. Como la madre jamás escucharía el timbre y como el padre andaba fuera en sus negocios, hubo de entrar por una de las ventanas. Cuando llegó a su cuarto quiso alegrarse con su cuaderno y su lapicera pero sólo encontró la llave en su bolsillo y la mochila otra vez flaca y vacía.

Esto no fue más que el comienzo. Desde entonces, las tizas se desmenuzaban en sus manos y, si se apoyaba en el pizarrón, si lo tocaba apenas con sus desesperados dedos, la tabla se partía y caía sobre sus pies. Y con sólo asomarse a los laboratorios, los frascos y tubos estallaban y los cristales volaban peligrosamente alrededor de su cabeza. Consternados, los demás comentaban:

- Será un castigo por su arrogancia?

- Si se dignara ser como todos...

- Tal vez, si se equivocara de vez en cuando...

Pero nadie, ni los profesores, le mostraban simpatía. Y las muchachas dejaron de admirarlo. Salvo una.

Y ya no hubo lapicera ni cuaderno que pudiera conservar. También su biblioteca quedó repentinamente vacía porque los libros volaban por toda la casa sin dejarse atrapar. Y cuando le echó la red a un manual de geología y logró meterlo en una jaula, los barrotes estallaron sobre su cabeza.

Entonces,el salvaje y soberbio, el silencioso lanzó un grito. Un grito que sacudió la casa hasta los cimientos y que duró varios días, dejándolo exhausto a él, y aterrada a la madre, sorprendido al padre y alborotados a los vecinos.

Cuando finalmente quedó sin aliento, los libros volvieron pacíficamente a la biblioteca. Reaparecieron, mansos y sumisos, cuadernos y lapiceras. Se enderezaron los pizarrones y las tizas y los frascos se levantaron del polvo. Y el estudiante quedó libre de la maldición. Pudo hablar fuerte o quedo según quisiera, como todos. Pudo sonreír, mirar a los ojos de las chicas. Ganar y perder. Calificar y descalificar. De manera que cuando, ya menos silencioso y salvaje, fue uno con todos, los objetos lo amaron tanto como las muchachas. Especialmente una.



"Todos los recuerdos que puede despertar un sueño" se dijo el anciano enjugando sus ojos. Contempló el larguísimo camino de su tiempo y, de manera inevitable, se encontró con ella. La única. La que sentía compasión por él, la que se alegraba por él...pero que no podía sostenerle la mirada. Volvió a ver los cóncavos y nacarados párpados, dos pétalos ocultando la inmensidad lacustre de sus ojos. Y el color yendo y viniendo por la hermosa cara.

- Oh...divina mía – murmuró.

Si ella volviera....si se pudiera escuchar su maravillosa voz contando sus desventuras de estudiante, una vez más, como aquel lejanísimo día, ambos sentados en la hierba, recostados en el cerco recién pintado de blanco, respirando el perfume de las madreselvas.....

Y la voz vino y dijo:

- Vengo de un colegio muy distante. En realidad, pasé por varios colegios. Yo soy la estudiante loca, según dicen. A mí no me han perseguido maldiciones sino risas. Todavía camino en zigzag, pateando piedras y pelotas porque los caminos juegan conmigo, se burlan, me ponen cosas para que tropiece. Solía llegar al liceo doblada bajo mi mochila y la vaciaba victoriosa sobre los pupitres de los profesores. Yo me divertía y ellos no podían detenerme. Tampoco yo podía detenerme hasta levantar mi alucinante pirámide. Amontonaba ramas, bolsitas de arena o tierra roja, flores frescas y marchitas, caracoles, cadenitas de plata, tarros de dulce de leche, lentes verde-agua,rosarios, malas de la India, lentejuelas, abanicos, tazas rotas, tazas sanas, trenzas, collares, pulseras, diarios de viaje, catálogos de vacaciones, lapiceras de oro, sortijas de boda, cuellos de encaje, botones de diamante, cintas, zapatillas de baile, salvavidas, espejos, esponjas...por enumerar algo. Y siempre terminaba soltando por encima un puñado de plumas que se convertían en pájaros, un pájaro por pluma. Luego, cada pájaro se elegía el hombro de alguien, o alguna mano, o un cráneo, una melena, un pecho...hasta que alumnos y profesores eran totalmente tomados por la bandada. Entonces, los pájaros más sabios se posaban en los pupitres y chicos y profesores salían disparados por los patios y las clases se daban en los jardines. Mis compañeros felices y los maestros furiosos. Pero el liceo se volvía esplendoroso con tantos pájaros, todos cantando, remolinos de alas y plumas multiplicándose contra las ventanas.....Era muy hermoso pero los grandes no comprendían. Yo no comprendía mucho...pero no podía hacer otra cosa. Después..todo terminaba de la misma manera. Llamaban a mi madre y le pedían que me cambiara de colegio

- La vivo cambiando, Sr. Director - decía mi madre – No se qué hacer con ella. Rinde en alguna materia al menos?

- En ninguna, señora. No atiende a nadie.

- No será que ustedes no enseñan lo que mi hija querría aprender?

- Un mago, un payaso, un bailarín serían a propiados para su hija, señora. Pero nosotros somos serios.

Entonces mi mamá me llevaba a casa y se ponía a buscar otro colegio.

Yo...me ponía muy triste. Era tan hermoso tomar clase entre pájaros...Pero un día, precisamente antes de que me trajeran a este colegio, sucedió algo. Vinieron todos los pájaros a buscarme y me llevaron muy lejos. Con mochila y todo. Desde el aire pude ver a muchos chicos encerrados en sus aulas, tratando de salvar sus sueños entre malezas de palabras serias. Fue un viaje tan lindo...Los pájaros me tomaban entre todos: un pico firme por mechón, otros picos se prendieron a mis tiradores, al ruedo de mi falda,me tomaron por los puños de mi blusa, por la corbata, las manos y los pies. Y yo me sentía como una pluma más! Volamos sobre muchas ciudades, quedaron atrás tejados, cúpulas, cavernas. Finalmente me dejaron en un bosque, muy suavemente sobre la hierba de un claro donde daba el sol y ellos se ocultaron en la espesura. Allí, un hombre de jeans y camisa blanca, parecía meditar. Yo estaba muy cerca de sus rodillas y, aunque me quedé muy quieta y callada, el hombre abrió los ojos y me sonrió.

- Qué buscas,muchacha? – me dijo, y no parecía sorprendido.

- No se. Me echan de todos los colegios. A lo mejor necesito alguien que me enseñe.

- Y qué quieres aprender?

- No se. Pero, en todo caso...nó lo que enseñan en esos colegios.

- Puedes mostrarme por qué te echan?

Por suerte yo tenía la mochila conmigo, llena de cosas nuevas. Así que levanté la pirámide sobre la hierba.

- Me gusta. Qué quieres decir con semejante variedad ? Qué significa tu pirámide?

Yo no sabía que lo sabía. Pero...apenas abrí la boca para responder....y a medida que hablaba, lo iba comprendiendo.

- Es por la unidad y la diversidad, señor, Todas estas cosas, dispersas, sueltas por ahí...dicen poco. Pero juntas, unidas, son todo. Quieren expresar la riqueza y la variedad de la unidad.

- Ah..muchachita – dijo el hombre riendo - Algún día comprenderás de verdad lo que estás diciendo. Pero..no temas. Vas por buen camino.

- Y qué tengo que hacer?

- Sigue enseñando a los que puedan ver. Pero esmérate en aprender,también, con humildad, lo que todos aprenden. Debes blanquear tu juguetona mente hasta que seas capaz de hacerte entender.

Entonces, el hombre me puso un dedo índice sobre el entrecejo y me trazó una línea de luz hasta el corazón.

- Aquí, en el corazón, está el verdadero lugar de la inteligencia. Ama más a todos y no te creas distinta. Reúne a los dispersos en tu corazón y no en los pupitres de los profesores. Y...deja que los pájaros sigan siendo tus verdaderos maestros. Ellos le cantan a la luz y también a la oscuridad. Ahora, que ellos te devuelvan a tu madre. Y, en el próximo colegio, entra con la mochila vacía. Cuadernos, lapiceras y algunos libros bastarán. Adiós.

Entonces...sentí como si me iluminara. Alguien dijo que " lo esencial es invisible ", recuerdas? Así que fui comprendiendo. Si dejo la mochila vacía....se llenará de verdad.

Así son las cosas. Y ya habrás visto que en este colegio me he portado bien. Ya no soy loca. Pero tampoco cuerda - terminó, sonriendo - Creo que tu también tenías algo que aprender, no es cierto?

La voz se fue extinguiendo como ,a su tiempo, y demasiado pronto, se extinguió la vida de la estudiante inconveniente y loca.

Pero el amor creció con ellos y pudieron amarse. Nadie pudo dudar que encajaban uno con otra como pocos amantes. Fue muy triste verla desvanecerse en el horizonte cuando la llamó el atardecer porque venía su noche. Y no hay quien pueda resistir ese llamado. Los pájaros cantaron y se alejaron con ella. Ellos podían seguirla pero él no.

" Ahora ya soy del poniente. Cuando la noche me llame...quizá la vea con la luz de mi último atardecer" pensaba una y otra vez, en tanto envejecía presuroso.

Cuando el llamado vino, la luz que palidecía sobre el anciano estudiante alumbró un cuerpo ya muy doblado y pequeño, como si volviera a niño. No se resistió porque deseaba irse y nacer en otra parte una vez cumplida su cita con la oscuridad. Pero no pudo dejar de volverse hacia el otro horizonte, el del sol naciente donde revoloteaban las almas nuevas. Entonces la vió, riendo y haciendo reír a algunos querubines. " Esto será largo, entonces" ,pensó aún. ".... Yo me voy y ella vuelve..." Y se dejó llevar por la oscuridad, sin esperanza, sin saber que ella, soltándose de los ángeles, se acercó tanto como para mirarlo partir, con una promesa en su corazón.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Mariposas de la noche, de José Ramón Barbón

Compartimos este cuento de el escritor cubano José Ramón Barbon que acaba de editar su última novela "La eternidad". Este escritor vive en La Habana y en el próximo número de la Revista Antípoda estaremos publicando una entrevista que le hicimos al respecto de su nueva novela. La fecha estimada para la salida de nuestra revista es el 16 de septiembre.

MARIPOSAS DE LA NOCHE

Las luces del carro perforan la oscuridad, mientras avanza por la Vía Blanca. Allá en la lejanía tres figuras se destacan, hacen señas al chofer y lo instan a parar. Este observa, distingue a tres jóvenes con provocativos vestuarios. El auto pasa cerca de ellas, la pequeña que va en el asiento trasero, pregunta con ingenuidad:
_ ¿Quiénes son mamá?
_ Mariposas de la noche, mi niña.

En la autopista, las mujeres manifiestan su decepción. La noche transcurre y no cae ningún punto. La desesperación les angustia, llevan más de tres horas en el lugar y la suerte no las acompaña. Un automóvil disminuye velocidad y se detiene. Se aproximan al auto y entablan conversación con los ocupantes:
_ ¿Qué, en la lucha? _dice uno de ellos.
_ ¡No!, nos gusta coger sereno _responde con ironía, Lucia.
Una de las puertas es abierta, la luz interna del vehículo se enciende lo que les permite ver el interior –asientos tapizados con costoso cuero, forro de damasco, aire acondicionado--. La reproductora de DVD ofrece su música y en la pequeña pantalla, un grupo de raperos hacen de las suyas. La tensión desaparece, la sonrisa aflora a los labios.
_ ¿Quieren pasar un buen rato? _dice Dayana, mientras sus abultados pechos rozan la cara de uno de los hombres.
_ ¿Que ofrecen?
_ Lo que estén dispuesto a pagar.
 Después del regateo queda fijado el precio, serán cien pesos para cada una. Entran al Lada, el que parte velozmente hacia la localidad de Guanabo. Una casa alquilada los espera y en esta, todo lo necesario para una noche de placer.
Al llegar el que viaja al lado del conductor baja, abre la entrada principal, manipula la puerta del garaje y el auto entra. Cierra el portón y acceden a la vivienda. Ya en el interior del inmueble, el lujo las deslumbra.
_ ¡Coñó!, estas gentes están forrados en pesos _manifiesta Lucia, sin poder aguantarse.
Loli, más conservadora, le indica con un gesto que se calle.
La fiesta se inicia, no sin antes darles lo acordado. Las bebidas aparecen, la ropa sobra. Las mujeres se sienten en franca ventaja, pues dos mortales no son nada para ellas. Cuando creen tener asegurada la victoria, surgen tres sujetos y proporcionan el refuerzo necesario. Las acciones suben de tono y ante las protestas, aumenta la suma de dinero.
Gozan y para acrecentar el placer, llegan las pastillas. Aquello parece el cuento del nunca acabar. Están agotadas, tienen el sexo adolorido. Tratan de que termine la orgía, pero ellos no se sienten satisfechos. Previamente han mezclado las bebidas, para lograr someterlas a la obediencia. Sólo Lucia, que desde el principio se niega a tomar, tiene la claridad necesaria para ver lo que se avecina. Trata de oponerse y dar por terminada aquella locura. Dos de los individuos la sujetan, un tercero le introduce un pañuelo en la boca. La tiran sobre la cama y comienzan a violarla. Están tan excitados que no notan, como a la muchacha le falta la respiración.
Sentadas en un sofá, las amigas con miradas extraviadas ven lo que ocurre sin saber qué hacer.  Principia el amanecer, la luz pugna por disipar la oscuridad.


En otra casa no muy lejos de allí, la pequeña despierta ante la presencia del ansiado sol y la promesa de sus padres de llevarla a bañarse en la playa.  Cuando se levanta, dirige su mirada a la ventana cubierta por una tela metálica; desde ella, se divisa en el horizonte el nacimiento del nuevo día. Tres mariposas nocturnas yacen inmóviles en el alféizar de la ventana, como si la fuga de la noche, hubiera puesto fin a sus vidas. 

Lo imprescindible, de Flavia Tchina

Compartimos este microrelato de Flavia Tchina que fue publicado en su libro de cuentos "El jardín de la novia y otros cuentos".
 
LO IMPRESCINDIBLE

Una cama, un cortinado, una almohada caída, ese libro prolijamente tirado en el piso, un cuadro en la pared... y la ventana. ¿Acaso hace falta algo más? si en realidad estamos de paso.

martes, 10 de septiembre de 2013

Lectores Noctámbulos Parte 15. El diario de Porfiria Bernal, de Silvina Ocampo

En esta ocasión de Lectores Noctámbulos compartimos el cuento de Silvina Ocampo, "El diario de Porfiria Bernal". Según Sergi Hernández Arroyelo: "Un cuento con resonancias, diría yo, del Henry James (citado en la narración) de Otra vuelta de tuerca y, cómo no, de escritores tan allegados para Silvina como Bioy Casares (su marido) y Jorge Luis Borges".

EL DIARIO DE PORFIRIA BERNAL
Silvina Ocampo

Relato de Miss Antonia Fielding
A Juli
Pocas personas creerán este relato. A veces habría que mentir para que la gente admitiera la verdad; esta triste reflexión la hacía en la infancia por razones fútiles, que ya he olvidado; ahora la hago por razones trascendentes. Las personas consideradas honestas, son muchas veces las insensibles, las que no se conmueven ante un destino complejo, o las que saben con sumo sacrificio o habilidad mentir para hacerse respetar. No me encuentro en ninguna de estas categorías. Soy modestamente, torpemente honesta. Si llegué al borde del crimen, no fue por mi culpa: el no haberlo cometido no me vuelve menos desdichada.
Escribo para Ruth, mi hermana, y para Lilian, mi hermana de leche, cuyo afecto de infancia perdura a través de los años. Escribo también para la conocida Society for Psychical Research; tal vez algo, en las siguientes páginas, pueda interesarle, pues investiga los hechos sobrenaturales. El primer presidente de esta sociedad, el profesor Henry Sidwick, fue uno de los mejores amigos de mi abuelo. Recuerdo haber oído en mi infancia muchos cuentos de hadas, pero ninguno me impresionó tanto ni me pareció tan misterioso como la conversación entre mi abuelo y Henry Sidwick, cuando hablaron de Eusapia Palladino y de Alexandre Aksakof, después de una comida veraniega, en el pequeño y hermoso jardín de nuestra casa. Escribo sobre todo para mí misma, por un deber de conciencia.
No quiero detenerme en ínfimas anécdotas de la infancia, sin duda superfluas. Ruth y Lilian las conocen, una porque es mi hermana y la otra porque es mi dilecta amiga. Me limitaré a declarar mi respeto por la Society for Psychical Research y a dedicarle este trabajo que encierra el fruto de una amarga experiencia. Pido perdón por la incorrección del estilo, por la falta esencial de claridad. Nunca supe escribir y ahora que me apremia el tiempo, me estremezco pensando en los errores que dejaré grabados en estas páginas, que jamás he de releer.
Me llamo Antonia Fielding, tengo treinta años, soy inglesa y el largo tiempo que pasé en la Argentina no modificó el perfume a espliego de mis pañuelos, mi incorrecta pronunciación castellana, mi carácter reservado, mi habilidad para los trabajos manuales (el dibujo y la acuarela) y esa facilidad que tengo para ruborizarme, como si me sintiese culpable Dios sabe de qué faltas que no he cometido (esto se debe, más que a timidez, a una transparencia excesiva de la piel, que muchas amigas me han envidiado). Entre las dichas que el cielo me deparó están la salud y el optimismo que brillaron en mis ojos durante largos períodos de la juventud. Soy silenciosa y tal vez por ese motivo no parezco alegre como lo soy en realidad, o más bien lo fui. Para los que me ven de lejos soy hermosa: en el espejo aprecio lo necesaria que es la distancia para embellecer la asimetría de una cara. Frente a un espejo, en la infancia, deploré, llorando, mi fealdad.
No necesito, no puedo relatar todos los pormenores de mi vida. Conozco este país como si fuese mío, porque lo amo y porque leí, para conocerlo mejor, los libros de Hudson. Desde que llegué a la Argentina me sentí atraída por este paisaje, por esta música folklórica, tan española, por esta vida rural y por esta gente lánguida y a la vez bulliciosa. Tuve la suerte de poder viajar por las provincias, antes de verme obligada a trabajar como institutriz. (El Jardín de la República y las cataratas del Iguazú me impresionaron vivamente.)
No sufrí por mi difícil situación pecuniaria, ni por mi trabajo, que al principio me pareció, debo confesarlo, altamente romántico: he amado siempre a los niños, no con un sentimiento maternal, sino más bien con un sentimiento amistoso (como si tuviéramos yo y los niños la misma edad y los mismos gustos).
El primer día que desempeñé mi puesto de institutriz pensé con alegría que la vida me premiaba, obligándome de un modo inesperado a educar a niñas de acuerdo con mis íntimos ideales. No suponía que los niños fueran capaces de infligir desilusiones más amargas que las personas mayores.
No contaré las distintas etapas de mi vida de institutriz. Tal vez demasiado desilusionada y sin embargo con la misma timidez, llegué a esta casa desde cuyas ventanas estrechas y altas diviso la plaza San Martín, con su monumento. Aquí, en esta casa de la calle Esmeralda, escribo estas líneas que tendrán que ser las últimas.
Recuerdo como si fuese hoy la calurosa mañana de diciembre, brillando sobre el llamador de bronce, en forma de mano. Aquel día yo había estrenado un vestido floreado, que me daba felicidad, esa felicidad exagerada que sentimos, las mujeres, ante una prenda que nos embellece. Hacía tiempo que deseaba tener un vestido de ese color, celeste turquesa, con esas mismas flores, que me recordaban a la vez un jardín y una taza de té, en el día de mi cumpleaños. La súbita aparición del llamador en la puerta de calle oscureció por un instante mi alegría. En los objetos leemos el porvenir de nuestras desdichas. La mano de bronce, con una víbora enroscada en su puño acanalado, era imperiosa y brillaba como una alhaja sobre la madera de la puerta. Un portero con levita verde me llevó hasta el ascensor. Yo estaba nerviosa porque no sabía o suponía no saber pronunciar un nombre y un apellido que ahora me parecen familiares: el nombre de la dueña de casa. En los momentos en que nos creemos más perturbados, distraídos o abstraídos, más incapaces de observar, es cuando observamos mejor. Cuando murió mi padre, entre mis lágrimas, descubrí la forma verdadera de sus cejas y un lunar que oscurecía la parte inferior de su mandíbula; con pasión descubrí la forma exacta de un mueble de caoba, mueble de la época victoriana, donde guardaba los anteojos y los biblioratos, y que yo había visto toda mi vida, distraídamente.
Recuerdo el vívido olor a piso recién encerado, la alfombra roja y gastada de la escalera, con bordes más oscuros. Recuerdo en el hall el atardecer, con todas las nubes, del cuadro pintado al óleo, donde una mujer semidesnuda (entre una lluvia de rosas blancas) daba de comer a cuatro palomas con plumas irisadas. Recuerdo las claraboyas con vidrios de distintos colores, las tonalidades verdes, rojas, violetas predominantes, las guirnaldas complicadas, una flor que parecía un pájaro preso en su eterno vuelo. Recuerdo un piano vecino cuya música melancólica me perseguiría.
Ana María Bernal (este es el nombre de la dueña de casa) acababa sin duda de bañarse y de vestirse; una fragancia a polvos, cremas y perfumes delicados la aureolaban o más bien la alimentaban, como el agua alimenta a ciertas flores lujosas. La imaginé envuelta en tules, como una bailarina española perseguida por un reflejo dorado: un rayo de sol la iluminaba y un público invisible presenciaba la escena, ese público encantado y horrible que hay a veces en los muebles tapizados, en las cajas de bombones finos, en los costureros y en los antiguos tarjeteros de marfil.
Nunca pude saber, ni entonces ni después, la edad de Ana María Bernal: sólo supe que su edad dependía de la dicha o de la desventura que le traía cada momento. En un mismo día podía ser joven y envejecer con elegancia, como si la vejez o la juventud fueran para ella frivolidades, meras vestiduras intercambiables, de acuerdo a las necesidades del momento. Recuerdo el perfume estridente de su blusa bordada, el dibujo nacarado de su prendedor y la melancolía falsa y magnífica de sus ojos castaños. Parecía una reina egipcia del British Museum, de esas que me asustaron en la infancia y que admiré más tarde, cuando aprendí que hay bellezas que son muy desagradables. Aun entonces, atareada como yo estaba en estudiar aquel nuevo y asombroso rostro, aun entonces me pareció descifrar el lenguaje lúgubre de la casa, como si cada objeto, cada adorno fuera un símbolo cuidadoso, un anuncio de mis sufrimientos futuros.
Frente a esta desconocida mujer argentina me sentí desamparada. Me sentí transparente, de una transparencia definitivamente dolorosa y oscura. El color de mi piel, el oro gastado de mi cabello (que veía reflejados en los vidrios de la ventana) me parecieron en ese instante no sólo los despojos de mi personalidad sino una maldición inexplicable. El color oscuro de la piel suele dar a los seres una jerarquía, un poder oculto, que admiro, desprecio y temió secretamente: esto me hacía decir en mi infancia: “Podría enamorarme de un hombre de tez oscura, pero nunca me casaría con él, porque le tendría miedo”.
Incapaz de ocultarle a Ana María Bernal mis faltas de erudición, equivocadamente me creía inferior a ella. Me ruborizaba y ella en la sombra de sus ojos como detrás de una máscara, con serenidad, seguía los subterfugios de mis movimientos.
–No creí que fuera tan joven –dijo, invitándome a sentarme en un sillón tapizado de damasco amarillo–. Mi suegra me habló de usted. Ella se ocupa del personal de la casa. Es una señora de ochenta años, pero mantiene su agilidad y su memoria. Yo no tengo carácter para estas cosas.
Asentí con la cabeza.
–No sabía que usted fuera tan joven –volvió a repetir con dulzura.
–No soy tan joven –le dije con cierta impaciencia–, tengo treinta años.
Una sonrisa desganada pasó por sus labios.
–Es cierto que la edad, a veces, no significa nada. Además, nunca se sabe la edad de las inglesas. Usted parece tímida. tal vez sin carácter; probablemente por eso parece más joven de lo que es.
–Señora, no hay que juzgar por las apariencias. Yo he sido como una madre con mis hermanos, cuando tenía quince años quedamos huérfanos y yo sola manejaba la casa.
–¡Qué interesante! –dijo Ana María Bernal, cruzando las piernas y colocando las manos, cubiertas de anillos, sobre las faldas–, ¡las vidas de ustedes son tan diferentes de las nuestras! Estoy segura de que la vida de usted debe de ser como una novela muy romántica, como las novelas de Henry James. ¿Henry James o Francis James? Los confundo siempre. Nada asoma al exterior; parece una niña tímida, sin experiencia y sin carácter.
Ana María suspiró suavemente.
–Le recomiendo que tenga mucha seriedad con mi hija. No le dé confianza. Sea severa con ella. Porfiria es hija del rigor. ¿Sabe usted lo que es ser hija del rigor? Es voluntariosa. Este año no la mandaremos al colegio, porque tuvo una pleuresía y está delicada de salud. Usted tendrá que educarla e instruirla, entreteniéndola. Cuando estemos en el borde del mar (usted sabe que veraneamos en el mar) sus baños no pasarán de cinco minutos: con el reloj y la toalla en la mano tendrá usted que esperarla en la orilla, como hacía mi abuela con mi madre cuando mi madre era chica. Mi hija debe alimentarse bien y comer lentamente; lo ha dicho el médico; tiene que masticar mucho. Espero que usted se haga obedecer y que no tenga debilidades con ella.
En una hoja de block Ana María Bernal anotó con un lápiz el régimen alimenticio de Porfiria y luego me lo entregó con un ademán grosero, mascando las sílabas de su última frase:
–No le dé chocolate, aunque se lo pida.
Cuando Porfiria Bernal vino a saludarme me asombró lo diferente que era de la imagen que yo me había formado de ella. Su nombre, que me recordaba una apasionada poesía de Byron, y la conversación que yo había tenido con su madre habían formado en mí una imagen resplandeciente y muy distinta. Pálida y delgada, con modestia se acercó para que le besara la frente.
Porfiria no era hermosa, no se parecía a su madre, pero hay una belleza casi oculta en los seres, que presentimos difícilmente si no somos bastante sutiles; una belleza que aparece y desaparece y que los vuelve más atrayentes: Porfiria tenía esa modesta y recatada belleza, que vemos en algunos cuadros de Botticelli, y esa apariencia de sumisión, que me engañó tanto en el primer momento.
Me parece que esta casa es la morada de todos mis recuerdos. El infierno debe de ser menos minucioso, menos estrictamente atormentador, en la elaboración de sus detalles. Podría describir los ruidos, uno por uno, las comidas, la luz esencial de los silencios y de las ventanas. Podría describir el día de cada semana con un cielo adecuado. Podría enumerar los cuadros, las fotografías, las manchas de humedad de ciertos cuartos. Podría enumerar las estatuitas de porcelana, con grupos de gatos, y las miniaturas con retratos de antepasados. Podría repetir las lecciones, los dictados, las lecturas que le infligía a Porfiria los lunes, jueves y sábados por la mañana. Podré morir tal vez sin lograr extinguir en mi memoria la precisión punzante y extraña de estos recuerdos.
La vida me asusta y sin embargo ese árbol que veo desde mi ventana me llama y aún me cautiva con sus ramas verdes. Quisiera ser aún la mujer que he sido. La plaza San Martín es alegre: tiene plantas tropicales y un monumento grande, negro y rosado. ¿No respiraré otra vez el olor vernacular de sus tumbergias? ¿No volveré a descubrir esa intimidad argentina, en sus bancos debajo de los gomeros? ¿Quién podrá creer en mi inocencia? ¿Qué hacer para seguir viviendo la humilde felicidad, que tengo todavía, de ser como soy?
El hermano de Porfiria se llamaba Miguel. Cinco años mayor que ella, este adolescente era de una extraordinaria belleza; de piel oscura, de rasgos perfectos, de ojos negros, que brillaban sin melancolía. Una suave sonrisa contradecía la dureza de la mirada, iluminaba a veces la cara; una sonrisa cruel la ensombrecía, otras veces. Su cabello, como las plantas, crecía apasionadamente. Porfiria, vuelvo a repetir, no era única hija y sin embargo su padre la mimaba como si lo fuera. Mario Bernal era un hombre tranquilo y bondadoso y sentía por su hija una ternura casi maternal, una ternura parecida a la que sentía por su madre, que lo admiraba y que siempre lo había preferido.
Hice cuanto pude por mejorar la educación de Porfiria. Leí mucha geografía, mucha historia: debo confesar que había olvidado casi todas las fechas y los acontecimientos históricos importantes. Mi padre siempre decía: Enseñar es la mejor, tal vez la única manera de aprender. Me instruí yo misma, para poder instruir a Porfiria. Nunca estudié tan fervorosamente. Nunca me sentí tan alentada por una familia entera. Hasta la abuela de Porfiria, esa viejita de ochenta años que trataba en vano desde hacía dos años de terminar de tejer una esclavina de lana lila, se interesaba por los métodos de enseñanza y me daba consejos.
Porfiria era extraordinariamente inteligente. La literatura le interesaba, casi lo diría, con pasión. Ciertas composiciones que escribió fueron verdaderamente notables: Los pequeños príncipes en la torre, La muerte de un árbol, Un día de lluvia, Un paseo en el Tigre, Los gatos abandonados, me sobrecogieron, me conmovieron. Yo la dejaba elegir los temas. Yo fui también, Dios me perdone, quien le dio la idea de escribir un diario. Pasaba muchas horas escribiendo como un ángel inclinada sobre el cuaderno, con los ojos iluminados. (¡Entonces la veía inspirada como un ángel!)
–Las niñas inglesas tienen siempre un diario –le dije una mañana en un tren que huyendo de los calores sofocantes de la ciudad nos llevaba a las playas del sur.
–¿Y hay que decir la verdad? –me preguntó Porfiria.
–De otro modo ¿para qué sirve un diario? –le contesté sin pensar en el significado que tendrían para ella mis palabras.
Por la ventanilla del tren veía todo el campo incendiado por el poniente: ni un árbol lo interrumpía; los animales parecían juguetes recién pintados. De vez en cuando pasaba un campo de flores moradas o de lino. He venerado siempre la naturaleza: sus diversas manifestaciones me traen a la memoria versos, frases enteras de algunas novelas, hermosas miniaturas que había en la sala de nuestra casa, en Inglaterra, reproducciones de cuadros pintados al óleo por Turner, cuyas bellezas me estremecen, ciertas canciones de Purcell (canciones de pastores), que le oía cantar a mi madre, de noche, cuando estaba vestida con un maravilloso vestido rosado, con cintas verdes, que anudaba para hacer juego con su peinado. Un recuerdo de perfumes de heliotropo me traen ciertos cielos parecidos a los de aquella tarde: en esos perfumes están mi patria y mi romanticismo.
–Pero ya tengo un diario –dijo Porfiria con una voz agria, que no le conocía–. Usted misma, Miss Fielding, me dio la idea de hacerlo el día que me contó que había escrito un diario a los doce años. ¿No recuerda?
Yo no recordaba haberle dicho nada sobre aquel diario de mi infancia pero sentí al mirar sus ojos que me decía la verdad. Aquellas palabras que yo le había dicho tan distraídamente la habían sin duda impresionado. Continuó hablando con esa pequeña voz agria y desagradable, acentuada por el ruido del tren, que le obligaba a hablar más alto.
–Mi diario, es un diario muy especial. Tal vez un día se lo entregue para que lo lea. Pero se lo entregaré a usted solamente. Mamá no lo tiene que ver porque a ella le parecería inmoral.
La miré con asombro. ¿Cómo se atrevía a hablarme así?
–¿Por qué le parecería inmoral a su madre y no a mí? –le pregunté con una ansiedad mal disimulada.
–Porque usted, Miss Fielding, es inteligente y sobre todo porque usted no es mi madre. Las madres fácilmente dejan de ser inteligentes.
Sentí mucha inquietud al oír estas palabras. ¡Qué había querido decir Porfiria! En ese momento la señora de Bernal, que viajaba en otro vagón, se acercó para invitarnos a comer. ¡Ya empezaba a abrumarme la responsabilidad de ser institutriz!
Comenzaba a hacer frío, caía la noche y por primera vez me apresó una tristeza indecible, inmotivada, recordando mis veraneos natales, los distintos trenes que me habían llevado a otras playas. Me contemplé discretamente en un espejo, para alisar mi cabello. Descubrí en mi rostro, en las esquinas de mi boca, una nueva arruga, una arruga que nunca había visto. Porfiria se apoyaba contra mí, me tomaba del brazo, hacía el ademán de besarme; me parecía que un secreto ya nos unía: un secreto peligroso, indisoluble, inevitable.
Durante muchos meses, Porfiria me amenazó con la lectura de su diario. De tiempo en tiempo me recordaba la urgencia que ella sentía por que yo lo leyera, pero al ver mi indiferencia tal vez se cansó de insistir.
Pasó el invierno y luego la primavera. Llegó el verano. Entonces Porfiria logró, con mil artimañas, hablarme otra vez del diario. Sabía que el asunto me desagradaba. Quería vencer mi repugnancia.
Estábamos en el mes de septiembre de mil novecientos treinta. Tardé unos días en abrir el diario que Porfiria me había entregado y en recorrer superficialmente las páginas. Me repugnaba la idea de leerlo, me parecía, vuelvo a repetir, que ese diario podía herirnos, que era una especie de vínculo secreto, un objeto clandestino, que me traería disgustos; pero Porfiria insistió tanto que no pude rehusarme por más tiempo. ¿A qué abismos del alma infantil, a qué infierno cándido de perversión habían de llevarme estas páginas cuya trémula escritura, en tinta verde, trataba de imitar la mía? ¡Qué lejos estaba yo de imaginar la verdad!
No puedo detenerme en los pormenores de este relato. Mis recursos literarios son nulos. Sospecho que las palabras que he escrito no me proporcionarán siquiera un desahogo, sino un profundo sufrimiento.
Porfiria fue mi primera, mi última discípula. Fue la única por quien tuve un afecto verdadero, por quien sufrí como una madre puede sufrir por una hija, por quien padecí las perturbaciones más hondas que habrá sufrido una persona adulta por una niña. La verdad es que esta criatura influyó sobre mí como sólo puede influir una amiga aviesa.
Con cierta repugnancia, con cierta curiosidad avergonzada, emprendí la lectura del diario. ¿Qué significado tenía para Porfiria la palabra inmoral? ¿Nada de tan terrible como yo me lo había imaginado? ¿Qué secretos familiares me revelarían esas páginas? ¿Hablaría de su abuela, de su madre, de su padre, de su hermano Miguel, irrespetuosamente? ¿La lectura de este diario no me traería problemas de conciencia, sinsabores de diversa índole? Todas estas reflexiones me parecieron bajas, egoístas, insignificantes, ininteligentes. Conmovida y reconfortada por mi resolución, leí las primeras páginas.
El diario de Porfiria
3 de enero de 1931.
Tengo ocho años cumplidos. Me llamo Porfiria y Miguel es mi único hermano. Miguel tiene un perro grande como una oveja. Durante muchos años esperé tener un hermano mejor y menor, pero ya he desistido: no quiero a mi familia. Miss Fielding piensa que no soy hermosa, pero que tengo una expresión fugitivamente hermosa. “Es la expresión de la inteligencia” me ha dicho. “Es lo único importante.” Me parezco a los ángeles de Botticelli que usan cuellitos bordados y que tienen “las caras viejas de tanto pensar en Dios” como dice Miss Fielding. Yo no pienso en Dios, sino de noche, cuando nadie ve mi cara; entonces le pido muchas cosas y le hago promesas que no cumplo. La noche tiene grandes follajes con flores y pájaros en donde me escondo para ser feliz, a veces para ser muy desdichada, porque si es fácil ser audaz a esas horas, es también fácil morir de susto o de desesperación A esas horas podría escaparme de mi casa, matar a alguien, robar un collar de brillantes, ser una estrella de cine.
Todas las expresiones de mi cara las he estudiado en los espejos grandes y en los espejos chicos. Los cuadros de Botticelli los he visto en la colección de Pintores Célebres.
No ambiciono, para cuando sea grande, ser como mi madre, ni como Miss Fielding, ni como mi prima Elvira. Me parece que nunca voy a ser ni siquiera joven: esta idea no me entristece, me da una sensación de inmortalidad, que muchas niñas de mi edad sin duda no tuvieron.
10 de enero.
Miss Fielding me dio la idea de escribir este diario. Antes de conocerla no se me hubiera ocurrido: antes de conocerla no se me hubiera ocurrido contemplar los ángeles de Botticelli ni mi cara en tantos espejos, porque siempre encontré que yo era horrible y que mirarme en un espejo era un pecado. En una cadenita de oro entre dos medallitas, tengo una llave; es la llave del cajón donde guardo mi diario. El cajón y la llave despiertan la curiosidad de los sirvientes y de mi madre, que es astuta.
Ella sola, Miss Fielding, podrá leer estas páginas y tal vez Miguel, que sabe ortografía.
Porfiria Bernal es mi nombre: me asombra, me contraría continuamente, me cambia el color de los ojos, la forma de la boca y de los brazos y hasta el afecto que siento por mi madre. ¡Mi madre! A veces la veo como una extranjera, como una intrusa que acaricia mi pelo, cuando le doy las buenas noches. Mi padre tiene cara de prócer, me es familiar como las miniaturas que guarda en la vitrina. Besarlo me da vergüenza.
Soy la esclava de mi nombre.
–Todo es cuestión de costumbres. Cuando seas grande te gustará tu nombre, porque es original –me dijo ni madre.
–Preferiría llamarme Miguel. Miguel es nombre de varón y es vulgar.
15 de enero.
Me enojé con Miss Fielding: no quería que me despidiera de los gatos de Palermo.
20 de febrero.
Hoy llegamos al mar. Los viajes en tren son demasiado cortos: tenía tantas cosas que pensar y sólo el tren me permite pensar. Los ejercicios físicos me sacan los pensamientos, y la gente y la aritmética.
28 de febrero.
La arena es hecha de piedras, caracoles, huesos, pelos, uñas de náufragos y pedacitos de animales que se han aventurado dentro del mar y han dejado su esqueleto: la he mirado de cerca con mi vidrio de aumento.
Mi madre conversa con un señor cuyos ojos azules son del color de algunos pescados. Es claro que hablan de cosas muy desagradables, de parientes o de negocios, porque mi madre frunce las cejas y mira su reloj, y el señor, que tiene un anillo de oro, mira con odio el mar y se recuesta contra el toldo fumando como si estuviera muy cansado. La arena se pega entre los dedos de los pies; trato de sacarla, pero no puedo. Miss Fielding mira de reojo al señor del anillo de oro. ¿Qué piensa Miss Fielding? No piensa. Sale a nadar: sigo su gorra verde sobre el mar, la sigo hasta que vuelve.
¡Cuántos ombligos tiene la arena!
Me regalaron una virgen que sirve de velador: son las más prácticas.
1 ° de marzo.
Estoy enferma. Miss Fielding no me deja pensar: lee, con su monótona voz de gato, Robinson Crusoe. Pero ¿qué interés puede tener para mí un libro como ése? Me gustan los libros de amor o de crímenes. Me gustan los libros de pensamientos. No espero sino la hora de la comida, que no me trae nada. ¿Moriré antes de los quince años? He contado las horas que Miss Fielding no me ha dejado pensar desde que estoy en cama: cinco horas hoy, ayer tres, anteayer ocho: dieciséis en total. Si muero antes de los quince años, no se lo perdonaré.
10 de marzo.
Me despedí del mar: fue difícil besarlo, más fácil me resultó besar la arena, que estaba húmeda. No volveré hasta el año que viene (pero ya no será lo mismo, tendré un año más, ya no seré la misma).
Iremos a pasar unos días a una estancia de mi abuelo, en Arrecifes.
12 de marzo.
La estancia se llama La Dormida.
–Seguramente La Bella Durmiente del Bosque era uno de los cuentos preferidos de las hijas del antiguo propietario de esta estancia y por eso le pusieron ese nombre –me dijo Miss Fielding la noche que llegamos.
Tuve que explicarle que no se llamaba La Bella Durmiente del Bosque sino La Dormida, lo que era distinto. Me contestó como si me diera un dato histórico:
–Seguramente han querido abreviar el nombre porque resultaba un poco largo.
14 de marzo.
La estancia se llama La Dormida, porque su antiguo propietario tenía una hija más callada, mucho más callada y tímida que yo. Cuando llegaban visitas, el dueño de casa, que tenía una barba, mitad negra, mitad colorada, para alabar o llamar a su hija mientras servía las masas que ella misma había preparado, decía en voz alta:
–No es dormida. No es dormida, mi hija.
Las visitas, que eran todas señoras viejas, de luto y golosas como chanchos, tomaron la costumbre, cuando llegaban a la estancia, de preguntar por la que “no era dormida” y finalmente para abreviar un poco por “la dormida”, pensando en las masas caseras que parecían, por los firuletes de merengue, masas de una gran confitería. Poco a poco, la Dormida se hizo famosa. “¿Dónde está la dormida?”, “¿Cómo está la dormida?” “¿Qué está haciendo la dormida?” eran frases que empezaron a oírse cuando la gente reclamaba masas. La estancia acabó por llamarse La Dormida.
Pero ahora no hay nadie que pueda convencer a Miss Fielding de que La Bella Durmiente del Bosque no fue responsable de ese nombre.
15 de marzo.
Miss Fielding aprendió en un día a andar a caballo. Todo el mundo la felicitó. No se asusta de las víboras ni de los murciélagos, ni de las luces malas. No sé si adora o si odia los gatos. Los acaricia y les da pedacitos de carne cruda, que roba de la cocina, cuando el cocinero duerme la siesta, pero también les da puntapiés.
Camina con Miguel por el parque a la noche. Oigo las voces hasta que me duermo. Dicen que vieron un fantasma y que Miss Fielding cayó desmayada: eran los ojos fosforescentes de un gato, que corría por el techo de la casa, como un gigante negro.
20 de marzo.
Pienso que voy a ser una gran artista cuando veo un rayo de sol sobre el césped, o cuando tomo el olor a trébol que brota de la tierra al caer la noche o cuando me imagino que un tigre me devora en pleno día. Pintaré muchos cuadros para el Museo Nacional.
26 de marzo.
Ser pobre, andar descalza, comer fruta verde, vivir en una choza con la mitad del techo roto, tener miedo, deben de ser las mayores felicidades del mundo. Pero nunca podré ambicionar esa suerte. Siempre estaré bien peinada y con estos horribles zapatos y con estas medias cortas.
La riqueza es como una coraza que Miss Fielding admira y que yo detesto.
28 de marzo.
He inventado esta oración: Dios mío, haced que todo lo que yo imagine sea cierto, y lo que no pueda yo imaginar no llegue nunca a serlo. Haced que yo, como los santos, desprecie la realidad.
29 de marzo.
He dudado de la existencia de Dios: las personas grandes siempre mienten y ellas me hablaron de la existencia de Dios.
1 ° de abril.
No puedo encontrar un trébol de cuatro hojas. Nunca seré feliz, porque ser feliz es creer que uno lo es.
2 de abril.
Dormir y comer en el tren me gusta. Me gusta también Buenos Aires, hoy, porque es día de llegada y porque hay olor a naftalina en las alfombras.
4 de abril.
Sin convicción estudio el piano. Para tocar bien el piano tengo que imaginar un teatro lleno de gente, oír aplausos. Le pago diez centavos a Filomena por cada aplauso. En la salita de esta casa, cuando hay una visita, mi madre me pide que toque Au Couvent, de Borodine: pero detesto esa visita y detestaría cualquier teatro con semejante público. Para no llorar tengo que imaginar que estoy en un jardín con rosales y sauces y que un joven descalzo y muy pobre me lleva de la mano; entonces la música se abre como un sendero para dejarnos pasar y el teclado se vuelve invisible.
20 de mayo.
Pablo Lerena comió anoche en casa. Es un primo segundo de mi padre. Hasta los veinte años vivió en Europa: es lo único que sé de él. Me saludó agachando la cabeza perfumada. Apenas le contesté. Me había caído de la escalera y me dolía la rodilla.
21 de mayo.
Sobre las rosas, en los floreros de la sala, recordando mi infancia, lloré como si fuera grande. A las seis de la tarde no había nadie en la casa. Un silencio intimidante, como el de una presencia, se internaba por las habitaciones. Los corredores oscuros me llevaron al cuarto de Miss Fielding. Me detuve un instante antes de abrir el cajón de la mesa de luz: encontré un paquete de cartas atado con una cinta (sabía de quién eran esas cartas), un frasquito de perfume, un lápiz y una caja de fósforos. Desaté la cinta. Leí las cartas una por una; a medida que las iba leyendo las guardaba en un bolsillo, para no releer las que ya había leído. Oí un ruido en la puerta de calle. Con la cinta rápidamente até las cartas.
Una quedó en mi bolsillo: la conozco de memoria.
22 de mayo.
Miss Fielding sabe que le falta una carta. Sabe que yo se la robé y que se la mostré a Miguel. “Son cartas comprometedoras” diría mi madre. Lloré con la cabeza escondida entre las faldas de Miss Fielding. Me perdonó porque es inteligente. Se lo conté a mi madre.
27 de mayo.
Rosa, Fernanda y Marcelina son mis mejores amigas. Soy admirada por la primera, dominada por la segunda, ignorada por la tercera, que toca muy bien el piano y que anda como un mono en bicicleta. Las amigas pueden dividirse en varias clases: las que escuchan siempre, las que escuchamos, las que amamos cuando están cerca, las que preferimos cuando están lejos, las que deseamos que tengan diferentes opiniones de las nuestras, las que recordamos cuando oímos una música, las que son como un jardín, las que se parecen únicamente a ellas mismas, las que saben lo que íbamos a decir antes de hablar y lo dicen para avergonzarnos, las que nos roban las cosas amadas amándolas, las que perfeccionan la soledad, las grandes, las que no se ocupan de nosotras.
Rosa, Fernanda y Marcelina no son en realidad mis mejores amigas; es sólo en algunas composiciones que lo digo, como por ejemplo en la composición titulada Un paseo en el Tigre.
4 de junio.
Pablo Lerena come casi todas las noches en casa. Tiene un negocio a medias con mi padre. Después de comer Miss Fielding y mi madre hacen solitarios, mientras mi padre y Pablo Lerena conversan envueltos en el humo espeso de los cigarros. Mi abuela teje una esclavina. Teje como una tortuga con manos de araña. Oye todo lo que nadie alcanza a oír, pero no oye nada de lo que todo el mundo oye. A veces parece disfrazada. A veces parece disfrazada sobre todo en invierno porque se abriga mucho cuando va a misa.
Miss Fielding cree que me burlo de ella: no es mi culpa, es tan distinta de todo el mundo, con sus ojos de gato de angora y con su voz llorona.
20 de junio.
Veo muy poco a mi padre o más bien lo miro muy poco: ayer descubrí que tenía los ojos verdes y la nariz aguileña. Tener siempre cerca a las personas las aleja: conozco pedacitos de mi madre, conozco sus muñecas, el espesor de su peinado y el lugar que ocupa una de sus ondas preferidas, el crujido de sus pasos, la sonoridad de su risa, pero a Pablo Lerena lo conozco de arriba abajo y no como un busto, como la conozco a mi abuela, lo conozco todo entero como en un gran espejo.
21 de julio.
Fui a Palermo con Miss Fielding. Llevamos carne cruda para los gatos. Cerca del lago, donde alquilan las bicicletas, nos sentamos para mirarlos comer; ronroneaban, se frotaban contra mi. De pronto Miss Fielding se puso a temblar; su cara se transformó: parecía horrible, un verdadero gato. Se lo dije y me cubrió de arañazos. Con la cara sangrando llegué a casa.
23 de julio.
Me escondí en el rellano de la escalera. No veía pero oía todo lo que decían: Miss Fielding hablaba con Miguel: parecía que lloraba. Hablaban mal de mí. Cantaban los pájaros de las jaulas, en el balcón, como si se besaran. En la claridad de la pared veía agitarse las sombras, como las figuras de una linterna mágica.
30 de julio.
Es mi cumpleaños. Mi padre me regaló una pulsera de oro fina, Miss Fielding un libro, mi madre un monedero, mi abuela cien pesos, Pablo Lerena no sabía que era mi santo y cuando vio el postre con mi nombre y con las velitas encendidas sobre la mesa en medio de la comida se levantó para besarme. Me ruboricé. Mi abuela comió en la mesa pero no probó el postre porque tenía huevo.
10 de agosto.
Dije a Miss Fielding:
–Dale que eras un gato y yo un perro y me arañabas. Miss Fielding me puso en penitencia.
15 de agosto.
Me gustan los libros de amor o de crímenes, me gustan los libros de Rossetti y de Tennyson: algunos versos los sé de memoria y los recito silenciosamente cuando estoy en la iglesia esperando que termine la misa.
24 de agosto.
En medio de las lecciones, Miss Fielding se detiene, suspira sus ojos se aventuran por el paisaje de la ventana. Miguel la llamó ayer para que le ayudara a escribir una carta: tardaron más de una hora.
2 de septiembre.
Soy romántica, Miss Fielding me lo dijo anoche mientras me hacía las trenzas. Ella es más romántica porque ha vivido más, pero menos intensamente.
Miss Fielding lo abraza a Remo y le clava las uñas, le dice en inglés: ¿Sabes cómo te quiero? Remo no comprende el inglés, pero sabe que Miss Fielding es idéntica a un gato y no la quiere y baja las orejas.
29 de septiembre.
Miss Fielding me ve tal vez como a un demonio. Siente un horror profundo por mí y es porque empieza a comprender el significado de este diario, donde tendrá que seguir ruborizándose, dócil, obedeciendo al destino que yo le infligiré, con un temor que no siento por nada ni por nadie.
5 de octubre.
Roberto Cárdenas vino a comer por primera vez esta noche. En seguida reconocí al señor, con los ojos azules, que había visto durante el verano, en la playa, conversando con mi madre. Me saludó con amabilidad. Yo apenas le contesté. Miss Fielding se ruborizó violentamente.
Remo, el perro de Miguel, murió en un accidente.
Interrumpo este diario, como lo interrumpí entonces, con estupor, el 5 de octubre, a las doce de la noche, al comprobar que todo lo que Porfiria había escrito en su diario hacía casi un año estaba cumpliéndose.
Roberto Cárdenas había venido a comer esa noche por primera vez. Y ahí tenía, ante mis ojos, la fecha increíble, 5 de octubre, escrita sobre la página del diario, como un testimonio mágico, infernal. El cuaderno había estado en mi poder todo ese tiempo. Me constaba que Porfiria no había podido tocarlo ni durante todos esos días, ni hoy, después de la comida. Qué horrible misterio alimentaba diariamente las páginas de este diario. Recuerdo que no dormí en toda la noche, presa de inexplicables temores.
A la mañana siguiente, le pregunté a Porfiria si no había agregado anotaciones nuevas al diario. ¡Demasiado bien sabía que no lo había tocado! Le señalé con un vago temor la distracción que había tenido en anticipar las fechas. Me miró con asombro. Abriendo desmesuradamente los ojos, me dijo con exaltación inusitada:
–Escribir antes o después que sucedan las cosas es lo mismo: inventar es más fácil que recordar.
Confieso que la inteligente, la dulce Porfiria, me pareció presa de algún demonio. Sentí ese día horror por ella, y a la noche, en la soledad de mi habitación, leí las páginas siguientes del diario.
26 de octubre.
Roberto Cárdenas y mi madre se despiden como si temieran no verse nunca más. ¿Qué secretos terribles se dicen en la oscuridad de la sala cuando pasa el tranvía? Miss Fielding es muy celosa. ¿Los gatos son celosos? Hoy nos pidieron a Miss Fielding y a mí que tocáramos el piano a cuatro manos. Miss Fielding, tristemente, se sentó al piano y yo a su lado, en el taburete. En la madera brillante del piano yo veía a mi madre que lloraba y a Roberto Cárdenas que le besaba las manos para consolarla.
Mi madre llora sin lágrimas con frecuencia. Sabe que Miss Fielding me lastima. Sabe que Miss Fielding no es un ser humano, pero no se atreve a despedirla, porque le tiene miedo.
5 de noviembre.
Estar enamorada, no significa amar a un hombre: puede uno estar enamorado sin amar a nadie. Una fotografía, una puesta de sol, un perfume, un ángel o una música bastan.
20 de noviembre.
Quisiera ser pruebista. Vestirme con un traje verde y brillante. Un pruebista se parece mucho a un ángel; cuando salta en los trapecios, otro ángel lo recibe en sus brazos.
4 de diciembre.
Tengo un presentimiento. Nuestro fin se acerca. Algunas personas tienen caras de criminales cuando se les acerca la muerte; inconscientemente adoptan la cara que imaginan que tiene la muerte.
Ayer hablamos con Miss Fielding de la muerte, del suicidio, del crimen. No son conversaciones para tener con niños.
5 de diciembre.
Hace calor. Miss Fielding volvió del campo con un enorme ramo de flores. Las arregló en los floreros del comedor. Mi madre no las agradeció, porque es orgullosa.
El sol amarillo brilla sobre las calles y las casas todavía, y ya es tarde. Miss Fielding está enamorada de Miguel. Así tienen que ser las institutrices con los discípulos y no tratarlos con la rudeza con que me trata a mí. Pero Miguel no es el discípulo de Miss Fielding, es el discípulo de un gato. Soy yo la discípula y es de mí de quien tiene que ocuparse, y no arañarme como un felino; se lo dije a mi madre.
8 de diciembre.
Fui a misa con Miguel y Miss Fielding.
Trataré de alejarlos. No me importa que me odien. Cuando uno no consigue el afecto que reclama, el odio es un alivio. El odio es lo único que puede reemplazar al amor.
Conseguí que me pegara, que me clavara las uñas de nuevo. He triunfado, exasperándola.
9 de diciembre.
Podría matar a Miss Fielding sin remordimiento. Si lloré por la muerte de Remo no lloraría por la de ella, como ella no lloraría por la mía.
15 de diciembre.
Es como si una voz me dictara las palabras de este diario: la oigo en la noche, en la oscuridad desesperada de mi cuarto.
Puedo ser cruel, pero esta voz lo puede infinitamente más que yo. Temo el desenlace, como lo temerá Miss Fielding.
De nuevo cerré el diario. Lo tuve guardado dos días. Pensé que si no lo leía, tal vez el diario dejaría de existir; yo rompería su encantamiento, ignorándolo. Creo innecesario describir mi angustia, mi tortura, mi humillación.
Todas las cosas que me han sucedido las leo en este diario.
Leí las últimas páginas: no pude evitarlo.
Hablará por mí el diario de Porfiria Bernal. Me falta vivir sus últimas páginas.
20 de diciembre.
Me he contemplado largamente en el espejo, para decirme adiós, como si los espejos del mundo fueran a desaparecer para siempre. Creo que existo porque me veo.
Miss Fielding me asusta. Todos los gatos me asustan, Les doy de comer para que no me odien.
21 de diciembre.
¿Cuándo comenzó nuestra enemistad? El día que los vi con las dos cabezas juntas, leyendo un libro de poesía. Miss Fielding me ha perdonado todo, menos eso tal vez. Me guarda el rencor de los gatos por los perros o de los malos discípulos por sus maestros.
22 de diciembre.
Uno desea, en el fondo de su alma, que llegue pronto el día de la tragedia. Miss Fielding me arañó tres veces hoy.
23 de diciembre.
Fuimos al Tigre. El cielo cubría de reflejos el agua. La canoa verde se deslizaba silenciosa. Por un instante nos olvidamos de todo. Almorzamos debajo de los sauces. A las cinco de la tarde, Miss Fielding me miró con horror. ¿Qué había visto? La sombra de un gato. Cuando las personas están por transformarse ven una sombra que las persigue, que les anuncia el porvenir.
24 de diciembre.
Miss Fielding me regaló un libro; yo le regalé un gato de porcelana. Subimos a la azotea, con Miss Fielding, como siempre lo hacemos cuando llegan los días calurosos. La baranda es endeble. La altura de una casa de cuatro pisos no puede dar vértigo a nadie. Miss Fielding dice que siente vértigo en cualquier parte donde se encuentra, desde una altura grande o pequeña. Sin embargo, cuando estábamos en el campo se subía al molino.
Déme la mano –me dijo al pasar por la parte más angosta de la escalerita.
Tenía las manos heladas y temblaba. Me clavó las uñas. Me sorprendió de nuevo con su cara de gato; se lo dije. Alcanzamos a ver el río. De pronto perdí pie. ¿Es Miss Fielding que me ha empujado? Trato de asirme a los barrotes de hierro.
No caí afuera; caí sobre las baldosas, desmayada. Oí un grito estridente, desgarrador. Era la sirena del puerto, la que he oído, siempre a esa hora de la tarde.
26 de diciembre.
Miss Fielding trató de matarme. No se lo diré a nadie. Ella cree que duermo. Por la ventana abierta veo la plaza San Martín, donde florecen las primeras tumbergias. Brillan las palmas y el cielo de Buenos Aires se extiende hasta el río amarillo. Estoy en cama. Me permiten tomar una taza de chocolate.
Por la puerta entreabierta veo que Miss Fielding prepara el chocolate. Hierve la leche en un calentador. Ya no podrá traerme la taza. Se ha cubierto de pelos, se ha achicado, se ha escondido; por la ventana abierta, da un brinco y se detiene en la balaustrada del balcón. Luego da otro brinco y se aleja. Mi madre se alegrará de no tenerla más en la casa. Comía mucho, sabía todos los secretos de la casa. Me arañaba. Mi madre la temía aún más que yo. Ahora Miss Fielding es inofensiva y se perderá por las calles de Buenos Aires. Cuando la encuentre, si algún día la encuentro, le gritaré, para burlarme de ella: “Mish Fielding, Mish Fielding” y ella se hará la desentendida, porque siempre fue una hipócrita, como los gatos.

Silvina Ocampo