La foto circuló por toda la región, apta para el chismorreo y la invención. Hubo quien reconoció al hombre, a la jaula o corral. Lo único veraz que pudo decirse fue que el armatoste estaba en el campo de la Doña. De tanto llamarla así nadie recordaba el nombre. Los que llegaron a verla decían que era hermosa como una diabla, o una bruja, o como una gran puta sin chulo y sin precio. Porque devoraba a todo peón que por su campo pasara. Los probaba, gozaba y despedía.
