En el linde conocido del bosque se abría un claro de hierba fresca lleno de flores silvestres. Allí estaba la casita que, a veces, se llenaba de niños. Una escuela inventada por una mujer que hacía cuentos. Si ellos aprendían algo o mejor dicho, recordaban algo, lo descubrían en plena libertad. Llegaban cuando podían, se iban cuando querían.
